La campaña que acusa a Coca-Cola de convertir a Samoa en un vertedero de plástico

Una nueva campaña de Oceana cuestiona la decisión de reemplazar las botellas retornables por envases plásticos descartables en una isla con escasa capacidad para procesarlos. El conflicto expone un problema que atraviesa al turismo: las empresas pueden globalizar sus productos, pero los residuos siempre quedan en algún territorio.

En el nuevo spot de Oceana, el plástico no aparece como una amenaza abstracta ni como una mancha flotando en algún punto remoto del océano. Tiene una marca, una historia y un lugar concreto: Samoa.

La campaña apunta contra Coca-Cola Europacific Partners, el mayor embotellador de Coca-Cola, y reclama que la compañía vuelva a utilizar envases reutilizables en este pequeño Estado insular del Pacífico.

El origen del conflicto se remonta a 2021, cuando Coca-Cola dejó de embotellar sus bebidas en Samoa utilizando botellas de vidrio retornables. El sistema fue reemplazado por botellas plásticas de un solo uso importadas principalmente desde Fiji y Nueva Zelanda.

La decisión probablemente tuvo una lógica empresarial: centralizar la producción, reducir costos operativos, simplificar la distribución y evitar el mantenimiento de una infraestructura local de lavado y rellenado.

Pero la eficiencia, en este caso, no eliminó el costo. Simplemente lo trasladó.

Coca-Cola redujo una complejidad dentro de su cadena de producción y Samoa recibió miles de envases que, después de ser consumidos, permanecen en la isla.

El residuo no desaparece cuando termina la venta

Este es uno de los principales problemas de los modelos basados en envases descartables. La responsabilidad de la empresa suele terminar cuando el producto llega al consumidor, mientras que la gestión del residuo pasa a depender de gobiernos locales, organizaciones comunitarias y sistemas de recolección que no siempre cuentan con los recursos necesarios.

La situación se vuelve especialmente crítica en los pequeños Estados insulares. Samoa posee una superficie limitada, está lejos de los grandes mercados internacionales de reciclaje y tiene una capacidad reducida para clasificar, exportar o procesar residuos plásticos.

Un informe del relator especial de Naciones Unidas sobre sustancias tóxicas y derechos humanos advirtió que gran parte del plástico generado en Samoa termina en vertederos, es quemado, se arroja de manera ilegal o llega al ambiente terrestre y marino. El documento también señala que el principal relleno sanitario de Upolu se acerca al límite de su capacidad.

Según la comunicación enviada por Naciones Unidas a Coca-Cola Europacific Partners, pocos meses después del cambio de envases, los productos de la compañía habrían llegado a representar aproximadamente un tercio de los residuos de botellas plásticas de Samoa.

No se trata, entonces, de discutir si una botella de plástico puede ser técnicamente reciclable.

La pregunta importante es otra: ¿puede ser efectivamente reciclada en el mercado donde la empresa decide venderla?

Cuando una compañía coloca un envase reciclable en un territorio sin capacidad suficiente para recuperarlo, la reciclabilidad funciona más como una propiedad teórica del producto que como una solución ambiental real.

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El turismo también paga el costo

Para la industria turística, el caso de Samoa debería ser algo más que una controversia entre una organización ambiental y una empresa de bebidas.

Las economías insulares dependen de manera directa de la calidad de sus playas, sus paisajes y sus ecosistemas marinos. La contaminación no solo afecta la biodiversidad: modifica la experiencia del visitante, incrementa los costos de limpieza, perjudica la pesca y debilita la imagen del destino.

Oceana sostiene que las comunidades de Samoa dependen tanto de la pesca como del turismo y que ambos sectores están expuestos al avance de los residuos plásticos.

Aquí aparece una contradicción frecuente. Las marcas globales se benefician de operar en destinos turísticos, venderles a sus habitantes, abastecer hoteles, restaurantes y comercios, y asociar sus productos con imágenes de playas paradisíacas.

Sin embargo, el costo de administrar los envases suele quedar del lado del destino.

Los municipios pagan la recolección. Las comunidades organizan campañas de limpieza. Las organizaciones ambientales retiran residuos de las costas. Los prestadores turísticos deben mantener las playas en condiciones.

El beneficio se distribuye dentro de una cadena global. El residuo, en cambio, permanece localmente.

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Reciclar no es lo mismo que reducir

Coca-Cola Europacific Partners asegura que trabaja en Samoa mediante programas de recolección y reciclaje, en colaboración con organizaciones como la Samoa Recycling and Waste Management Association. La compañía sostiene que busca ampliar la recolección de envases y desarrollar sistemas locales de gestión.

Estas iniciativas son necesarias. Pero no responden completamente al cuestionamiento planteado por Oceana.

Reciclar intenta administrar el residuo después de que fue producido. La reutilización evita que ese residuo se genere en cada consumo.

Una botella retornable puede circular varias veces antes de transformarse en desecho. Según un informe de Oceana, una botella de vidrio reutilizable puede utilizarse hasta 50 veces, evitando potencialmente la producción de decenas de envases descartables. La organización señala, además, que Coca-Cola ya opera sistemas de envases retornables en países como Brasil, Chile, México, Alemania, Nigeria y Filipinas.

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Por eso, el reclamo no exige una tecnología experimental ni una transformación desconocida para la compañía. Pide recuperar un sistema que ya existía en Samoa y que Coca-Cola continúa utilizando en numerosos mercados.

El debate tampoco debería reducirse a una comparación simplificada entre plástico y vidrio. Transportar vidrio puede generar más emisiones por su peso, y lavar botellas requiere agua y energía.

La ventaja ambiental aparece cuando existe un verdadero circuito de retorno: producción o rellenado cercano, recuperación de los envases, múltiples ciclos de uso y una logística diseñada para evitar pérdidas.

El problema no es solamente el material. Es el modelo.

De los compromisos globales a las decisiones locales

El caso también pone en discusión cómo se evalúan las estrategias ambientales de las grandes empresas.

Una compañía puede publicar metas globales de reciclaje, aumentar el porcentaje de material reciclado en sus envases o financiar campañas de recuperación. Pero esos indicadores agregados pueden ocultar decisiones locales que incrementan la cantidad de residuos en mercados especialmente vulnerables.

Coca-Cola había anunciado en 2022 el objetivo de alcanzar un 25% de envases reutilizables para 2030. A fines de 2024, esa meta dejó de aparecer entre los principales compromisos públicos de la empresa y fue reemplazada por objetivos centrados en contenido reciclado y tasas de recolección.

Esa modificación resulta relevante porque desplaza el foco.

Una política basada en la recolección acepta que el envase descartable seguirá siendo producido y busca recuperarlo posteriormente. Una política de reutilización intenta reducir la cantidad total de unidades que ingresan al mercado.

Para territorios con poca infraestructura, la diferencia es determinante.

Las metas ambientales no deberían medirse únicamente por promedios corporativos. También deberían analizarse según el impacto específico que las decisiones generan en cada destino.

Samoa no debería ser el final de la cadena

La campaña de Oceana funciona porque transforma una discusión técnica sobre envases en una cuestión territorial.

Muestra que las decisiones tomadas en oficinas corporativas de Europa, Estados Unidos o Australia pueden terminar materializadas en una playa del Pacífico.

También obliga a revisar una idea que durante años dominó el discurso empresarial sobre los residuos: que la solución depende principalmente de que los consumidores separen correctamente los envases.

La conducta individual importa. Pero resulta insuficiente cuando el propio sistema introduce millones de productos descartables en mercados que no tienen capacidad para procesarlos.

No se le puede pedir a una isla que resuelva, mediante concientización y voluntariado, un problema diseñado dentro de una cadena global de producción.

La responsabilidad debería comenzar antes de que la botella llegue a la góndola.

Implica analizar la infraestructura disponible, financiar sistemas de retorno, asumir el costo de recuperar los envases y adaptar la distribución a las condiciones reales del territorio.

Para la industria turística, la discusión también es una advertencia. No alcanza con eliminar sorbetes en los hoteles o instalar recipientes diferenciados si los principales proveedores continúan abasteciendo los destinos con envases que no pueden ser recuperados.

Hoteles, aerolíneas, operadores, cruceros y restaurantes tienen capacidad para exigir sistemas retornables, compras a granel y esquemas de logística inversa. Pueden convertir la gestión de envases en una condición comercial, no solamente en una acción de responsabilidad social.

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Una licencia social cada vez más difícil de sostener

Durante décadas, las compañías globales construyeron su presencia en los destinos mediante distribución, publicidad y disponibilidad.

En los próximos años, esa presencia también será evaluada por lo que dejan después del consumo.

El spot de Oceana no cuestiona únicamente a Coca-Cola. Cuestiona un modelo empresarial que considera exitoso vender en todos los rincones del planeta sin asumir plenamente las consecuencias materiales de esa expansión.

Samoa demuestra que no existe un envase descartable verdaderamente barato.

Puede ser barato para producir, almacenar y transportar. Pero alguien paga el resto: el municipio que debe recogerlo, la comunidad que convive con el vertedero, el pescador que lo encuentra en el mar o el destino turístico que pierde calidad ambiental.

Coca-Cola ya conoce la alternativa. La utilizaba en Samoa antes de 2021 y todavía la aplica en otros mercados.

Por eso, el reclamo de Oceana tiene una fuerza particular: no le está pidiendo a la compañía que invente una solución.

Le está pidiendo que deje de retirar aquellas que ya funcionan

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