La comunidad de Loreto (México) vuelve a marcar el camino: una victoria ambiental frente al avance de los cruceros

Hay una escena que empieza a repetirse en México y que el poder político todavía no termina de entender. Primero aparece un proyecto presentado bajo el lenguaje impecable del desarrollo: inversión, conectividad, empleo, crecimiento, modernización. Después llegan las dudas de las comunidades, las advertencias ambientales, las preguntas técnicas que nadie respondió a tiempo. Luego la tensión sube, las redes amplifican el conflicto, los vecinos dejan de estar solos y, finalmente, el gobierno retrocede.

Pasó en Mahahual con el freno al proyecto “Perfect Day México” de Royal Caribbean. Y ahora vuelve a pasar en Loreto, Baja California Sur, donde el gobierno federal ordenó abrogar el decreto que convertía al puerto en puerto de altura y cabotaje tras el rechazo de habitantes, organizaciones civiles y sectores locales preocupados por el impacto ambiental sobre el Parque Nacional Bahía de Loreto.

La coincidencia no es menor. Mahahual y Loreto no son casos idénticos, pero comparten una misma estructura de fondo: territorios costeros de altísimo valor ecológico enfrentados a decisiones tomadas desde arriba, con discursos de progreso que muchas veces minimizan lo que las comunidades conocen mejor que nadie: que un ecosistema no es una maqueta, que una bahía no es una terminal, que una playa no es una planilla de Excel.

En Loreto, la preocupación era concreta. La reclasificación del puerto abría la puerta a operaciones marítimas nacionales e internacionales de mayor escala, en una zona donde el Parque Nacional Bahía de Loreto aparece como el punto más vulnerable frente a una expansión portuaria acelerada. MVS Noticias informó que la medida fue frenada después de múltiples manifestaciones públicas y que la abrogación aún debía formalizarse mediante su publicación oficial.

Pero lo más importante no es solo que el decreto se frene. Lo importante es preguntarse por qué se frena.

Porque, otra vez, el relato oficial intenta presentarlo como una decisión institucional responsable. Y puede serlo en términos administrativos. Pero políticamente resulta difícil ignorar el patrón: el Estado no se adelantó al conflicto, reaccionó cuando el conflicto ya era demasiado visible. En Mahahual, la presión social, ambiental y mediática obligó al poder a retroceder. En Loreto, las protestas ciudadanas, la movilización local y el costo reputacional parecen haber empujado una corrección que, de no haber existido resistencia, probablemente habría seguido su curso.

Ese es el punto incómodo.

Durante años, muchos destinos turísticos de América Latina fueron tratados como territorios disponibles. Si había mar, se podía poner un muelle. Si había naturaleza, se podía vender como experiencia. Si había comunidad, se la invitaba a adaptarse. El turismo masivo aprendió a usar palabras nobles para justificar intervenciones profundas: sustentabilidad, derrama económica, conectividad, desarrollo regional. Pero muchas veces esas palabras funcionaron como una cortina de humo para ocultar una pregunta central: ¿desarrollo para quién y a qué costo?

Loreto obliga a mirar esa pregunta de frente.

La presidenta Claudia Sheinbaum había prometido revisar el decreto y afirmó que no se buscaba afectar a las ballenas ni convertir la zona en un puerto de gran tráfico marítimo, según reportes de medios nacionales. Sin embargo, el problema no era únicamente la intención declarada. El problema era la habilitación jurídica, la puerta que se abría, la incertidumbre sobre lo que podía venir después. Las comunidades no reaccionaron solo contra un barco hipotético. Reaccionaron contra una lógica: la de decidir primero y explicar después.

Y ahí aparece la gran lección que une a Loreto con Mahahual: la licencia social ya no es decorativa.

Durante mucho tiempo, gobiernos y empresas creyeron que bastaba con tener permisos, decretos o anuncios oficiales. Pero los destinos turísticos no son espacios vacíos esperando inversiones. Son territorios habitados, con memoria, economía local, biodiversidad, identidad y límites. Cuando esos límites se ignoran, la reacción ya no queda encerrada en una asamblea municipal. Hoy puede convertirse en conversación nacional en cuestión de horas.

Eso cambia las reglas.

La presión pública no reemplaza a los estudios técnicos ni a la política ambiental seria. Pero está funcionando como un sistema de alarma frente a decisiones que llegan demasiado rápido y con demasiada poca explicación. En Mahahual, esa alarma frenó un megaproyecto turístico. En Loreto, esa alarma obligó a revisar una reclasificación portuaria. En ambos casos, la ciudadanía mostró algo que incomoda a gobiernos y corporaciones: ya no alcanza con anunciar desarrollo; hay que demostrar que ese desarrollo no destruye el lugar que dice beneficiar.

La victoria, sin embargo, no debería romantizarse. Que una comunidad tenga que movilizarse masivamente para evitar un posible daño ambiental no habla de un sistema sano. Habla de instituciones que muchas veces actúan tarde. Habla de mecanismos de consulta débiles. Habla de una política turística que todavía confunde crecimiento con volumen, cruceros con prosperidad y conectividad con bienestar.

Loreto no necesita ser aislado para ser protegido. Mahahual tampoco. El falso dilema entre conservación y desarrollo es una trampa vieja. La pregunta real es qué tipo de turismo se quiere construir: uno que convierte los destinos en plataformas de extracción rápida o uno que fortalece a las comunidades sin hipotecar los ecosistemas que las sostienen.

Porque el turismo puede ser una herramienta extraordinaria de desarrollo. Pero cuando se impone sin escuchar, cuando presiona áreas naturales protegidas, cuando subordina la vida local a la llegada de grandes flujos externos, deja de ser desarrollo y se parece demasiado a una ocupación económica.

Loreto deja una advertencia clara: el futuro turístico de México no se puede diseñar desde un escritorio, ni desde una naviera, ni desde una conferencia de prensa. Se tiene que construir con la gente que vive allí, con evidencia ambiental seria y con límites que no se negocien cada vez que aparece una promesa de inversión.

Mahahual fue una señal. Loreto es la confirmación.

Algo está cambiando en la relación entre turismo, poder y ciudadanía. Y aunque ese cambio todavía sea frágil, ya produjo dos retrocesos importantes en pocos días. Tal vez esa sea la verdadera noticia: no que el poder haya escuchado por convicción, sino que las comunidades lograron hacerse imposibles de ignorar.

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