“El Diablo Viste a la Moda 2” y el turismo viral: cuando el marketing vende una fantasía que ningún destino puede cumplir

Sí, el título es clickbait, pero hay una idea bastante más profunda detrás.

Hace poco leí un análisis interesante sobre el fenómeno alrededor del estreno de The Devil Wears Prada 2 y cómo refleja algo mucho más grande: la manera en que consumimos contenido hoy, cómo las marcas desarrollan productos —desde entretenimiento hasta experiencias turísticas— y cómo las redes sociales construyen expectativas tan altas que, muchas veces, terminan generando una decepción inevitable.

The Devil Wears Prada 2 ya estrenó y, más que una película, se convirtió en una maquinaria digital perfectamente aceitada: influencers en salas de cine, códigos de vestimenta para ir a verla, merchandising, trends en TikTok, marcas subiéndose a la conversación y una estética “Miranda Priestly” convertida en lenguaje cultural.

No se vendió solo una entrada de cine. Se vendió una experiencia.

Y ahí aparece lo interesante: antes incluso de sentarse en la butaca, buena parte del público ya sabía cómo tenía que vivir ese momento. Qué outfit usar, qué foto subir, qué referencia entender, qué emoción sentir. La película dejó de ser únicamente un producto audiovisual para convertirse en un evento social amplificado por contenido.

El fenómeno fue tan grande que la conversación ya no giraba solo en torno a si la película era buena o mala, sino a si estaba a la altura de la versión que las redes habían construido previamente. Incluso medios como Forbes destacaron que el estreno llegó con fuerte rendimiento en salas y una expectativa enorme alrededor de su llegada a plataformas.

Y esa es la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el marketing, los influencers y los algoritmos construyen una experiencia tan perfecta que la realidad ya no puede competir?

La respuesta no está solo en Hollywood. También está pasando en el turismo.

Hoy muchos destinos funcionan exactamente igual que una secuela viral: antes de viajar, millones de personas ya consumieron cientos de videos, fotos y relatos que moldearon en su cabeza cómo debería sentirse ese lugar. El viaje deja de ser descubrimiento y pasa a convertirse en una validación de expectativas creadas por algoritmos.

Y ahí empieza el problema.

Porque Instagram, TikTok y el contenido aspiracional ya no muestran destinos: construyen fantasías editadas. La playa escondida de Bali, el café perfecto de París, el atardecer en Santorini o la calle silenciosa de Kioto llegan a nosotros filtrados, vacíos de gente, musicalizados y emocionalmente curados para generar deseo.

Después aparece la realidad: filas eternas, lugares abarrotados, precios inflados, spots imposibles de disfrutar
y ciudades que muchas veces ya no se parecen a la versión viral que consumimos durante meses.

De hecho, distintos estudios recientes sobre turismo muestran que la decepción turística crece justamente en los destinos más viralizados del mundo. Un informe de Radical Storage basado en miles de reseñas identificó que muchas de las mayores frustraciones de los viajeros están relacionadas con sobreexpectativa, masificación y experiencias “muy distintas a las redes sociales”.

Un ejemplo local perfecto es el fenómeno de La Chica del Brunch. Su poder de recomendación es tan fuerte que, según contó ella misma, muchos locales terminan desbordados después de aparecer en su cuenta, al punto de pedirle a sus seguidores que esperen una semana antes de ir para evitar el colapso. Ahí aparece el efecto rebote: el contenido muestra una experiencia ideal —mesa linda, plato perfecto, ambiente instagrameable—, pero cuando cientos o miles de personas intentan replicarla al mismo tiempo, el lugar cambia. Hay filas, demoras, ruido, atención saturada y una experiencia que ya no se parece a la que se viralizó. Incluso en redes se instaló una ironía cruel: cuando una cuenta con tanto alcance recomienda un lugar, algunos usuarios sienten que ya es tarde para ir, porque el simple hecho de hacerlo viral puede arruinar aquello que lo hacía atractivo. No es necesariamente culpa de la influencer ni del restaurante; es el síntoma de una época en la que el contenido no solo recomienda experiencias, sino que las transforma —y a veces las rompe— en tiempo real.

Es el mismo fenómeno que puede atravesar The Devil Wears Prada 2.

Tal vez la película no decepcione por ser mala. Tal vez decepcione porque el marketing y la conversación cultural construyeron un estándar emocional imposible de alcanzar.

Porque hoy el contenido no solo promociona productos o lugares: pre-vende emociones.

Y cuando eso pasa, aparece un contrato silencioso entre la audiencia y la marca:
“Prometiste que esto iba a hacerme sentir algo extraordinario.”

El problema es que ninguna película, ninguna ciudad y ningún destino real puede competir para siempre contra una versión editada por algoritmos.

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