El proyecto turístico, valuado en miles de millones de dólares, busca transformar zonas costeras de alto valor ambiental en complejos de lujo. Ambientalistas y vecinos denuncian falta de transparencia, impacto ecológico y avance sobre áreas protegidas.
Albania vuelve a quedar en el centro del mapa turístico internacional, aunque esta vez no por el crecimiento de su costa como destino emergente, sino por una controversia que combina inversión extranjera, lujo, política y reclamos ambientales.
En los últimos días, miles de personas se movilizaron en Tirana y otras zonas del país contra dos desarrollos turísticos vinculados a Jared Kushner, esposo de Ivanka Trump y yerno del presidente estadounidense Donald Trump. Las protestas apuntan especialmente a proyectos ubicados en la isla de Sazan y en el área de Zvërnec, cerca de los humedales de Vjosa-Narta, una región reconocida por su biodiversidad.

Santiago Cravero IgarzasantiagoEditar el perfil
De acuerdo con medios internacionales, las iniciativas contemplan resorts de lujo, hoteles y villas frente al mar, con inversiones estimadas entre US$1.400 millones y US$1.600 millones para algunos de los desarrollos, mientras que otros reportes elevan el paquete total de proyectos a cifras superiores.
El conflicto escaló cuando comenzaron los trabajos preliminares en zonas cercanas a Zvërnec. Organizaciones ambientales y vecinos denunciaron la instalación de cercos, el movimiento de maquinaria y la alteración de áreas naturales antes de que existiera —según afirman— un proceso suficiente de consulta pública y evaluación ambiental.

Uno de los principales focos de preocupación es el impacto sobre ecosistemas costeros sensibles. La zona de Vjosa-Narta alberga especies como flamencos, tortugas, pelícanos dálmatas y la foca monje del Mediterráneo, una de las especies marinas más amenazadas de Europa. Grupos conservacionistas sostienen que un desarrollo turístico de gran escala podría alterar de forma irreversible estos hábitats.
El gobierno albanés, encabezado por el primer ministro Edi Rama, defiende los proyectos como parte de una estrategia para posicionar al país como un destino turístico premium y atraer capital internacional. Rama ha presentado estas inversiones como una oportunidad para acelerar la transformación económica de Albania y consolidar su perfil dentro del mercado europeo de viajes.
Sin embargo, para los manifestantes, el debate va más allá del turismo. Bajo consignas como “Albania no está en venta”, los reclamos apuntan a la gestión de tierras públicas, la modificación del estatus de áreas protegidas y la percepción de que grandes inversores extranjeros reciben condiciones preferenciales. La Fiscalía Anticorrupción de Albania abrió investigaciones sobre cambios legales y transferencias de terrenos vinculados a estas zonas.
El caso también pone sobre la mesa una tensión cada vez más frecuente en destinos emergentes: cómo atraer inversión hotelera de alto nivel sin comprometer recursos naturales que, precisamente, son parte central del atractivo turístico. En Albania, donde la costa adriática y jónica se convirtió en uno de los grandes imanes del turismo europeo, esa discusión adquiere una dimensión estratégica.

Para el sector travel, el episodio funciona como advertencia. Los grandes desarrollos turísticos ya no se miden solo por su capacidad de generar empleo, camas hoteleras o llegada de capitales. También son evaluados por su licencia social, su transparencia y su relación con comunidades locales y ecosistemas vulnerables.
Mientras el gobierno insiste en avanzar y los desarrolladores aseguran que los proyectos traerán beneficios económicos y serán responsables con el entorno, las protestas continúan creciendo. Lo que empezó como una disputa por un resort de lujo terminó convirtiéndose en un debate nacional sobre el modelo turístico que Albania quiere construir para los próximos años.











