El turismo aventura dejó de ser territorio exclusivo de deportistas experimentados. El crecimiento del trekking, la incorporación de viajeros mayores de 40, 50 y 60 años, el auge de los viajes grupales y una búsqueda cada vez mayor de experiencias en la naturaleza están ampliando el negocio. Arturo Pérez, CEO de Andariego y al frente también de una operación especializada en aventura en Chile, analiza cómo está cambiando el pasajero, qué hace viable un destino y por qué, en este segmento, “no todo es vender”.
Durante años, hablar de turismo aventura remitía casi inevitablemente a un perfil bastante específico: viajeros jóvenes, en muy buen estado físico, dispuestos a resignar comodidad y atraídos por actividades de cierta exigencia. Esa fotografía está cambiando.
La transformación no es solamente una percepción de los operadores. La Adventure Travel Trade Association (ATTA) estimó en su estudio global publicado en 2025 que el mercado vinculado a los viajeros internacionales abiertos a experiencias de aventura alcanzó un valor de US$ 1,16 billones en 2024. El mismo estudio, realizado sobre aproximadamente 5.000 viajeros internacionales de 13 países, señala que la aventura dejó de funcionar como un nicho asociado exclusivamente a actividades técnicas o cargadas de adrenalina para incorporar perfiles mucho más diversos.
Para Arturo Pérez, CEO de Andariego, el cambio fundamental está en quién se anima hoy a comprar este tipo de viaje. Ya no hay una edad única, tampoco un único nivel físico ni necesariamente una vocación deportiva previa. En sus grupos conviven viajeros de 25 a 70 años y son cada vez más frecuentes las personas que llegan solas.
En conversación con Business Intriper, Pérez analiza cómo evolucionó el viajero de aventura, por qué el trekking se convirtió en una puerta de entrada al segmento y qué puede aprender el turismo tradicional de una industria que muchas veces llega a los destinos antes que los hoteles y los grandes flujos internacionales.
¿Cómo cambió en los últimos años el perfil de la persona que compra un viaje de turismo aventura?
No, para nada. Quizás antes era un producto para un público muy específico, asociado al alto rendimiento, pero la cantidad de gente que está haciendo turismo aventura creció muchísimo y hoy el perfil es muy heterogéneo, tanto en género como en edad.
Ya vemos muchas personas mayores de 60 años haciendo trekking y animándose a vivir nuevas experiencias en la naturaleza. El espectro se amplió muchísimo.

¿La edad sigue siendo una variable importante para entender este segmento o pesa mucho más la actitud frente al viaje?
La edad dejó de ser una barrera. Incluso diría que hoy sucede algo interesante: con el boom de la preocupación por llegar a la vejez fuertes y activos, quienes estamos por encima de los 40 años nos estamos preparando mucho más físicamente.
Y eso hace que los desafíos que propone el turismo aventura resulten especialmente atractivos. En Andariego, por ejemplo, tenemos viajeros que van aproximadamente desde los 25 hasta los 70 años.
Hay muchas personas que llegan solas a este tipo de viajes. ¿Está creciendo la búsqueda de viajar para conocer gente y generar vínculos con otros viajeros?
Totalmente. Poder integrarse a un grupo de personas con intereses afines es un plus enorme para quienes viajan solos.
Pero haría una aclaración: no creo necesariamente que salgan de viaje para conocer gente. Lo que ocurre es que se cansaron de esperar a la amiga, al amigo o a que aparezca “el momento” para hacer ese viaje. Entonces prefieren arriesgarse, salir solos y ver cómo funciona.
Y, spoiler: ¡siempre sale bien!
¿Qué pasa con esos grupos una vez que comienza el viaje? ¿Compartir caminatas, traslados largos, campamentos o situaciones fuera de la rutina genera relaciones diferentes a las de un viaje convencional?
Sí, y es muy entretenido observarlo. Está esa dinámica del primer día, cuando todos se presentan y empiezan a tantear cómo se sienten frente a los días de aventura que tienen por delante.
Algunos se prepararon muchísimo y otros van, básicamente, con fe. Pero todos tienen la intención de alcanzar un objetivo y, a pesar de conocerse desde hace muy pocos días, el grupo generalmente termina apoyándose para conseguirlo.
Finalmente, se transforma en un logro de equipo. Y muchas veces esos viajeros después continúan viajando juntos a otros destinos.


Cuando diseñan un itinerario de aventura, ¿qué variables terminan definiendo realmente si un viaje funciona o no?
Creo que todos los itinerarios, al igual que sucede en el turismo clásico, necesitan una actividad o un lugar que funcione como gancho.
Hoy mucha gente también se moviliza por conseguir esa foto o por poder contar que alcanzó un objetivo que no todo el mundo puede lograr.
A partir de ahí aparecen las demás variables: en qué época hacerlo, con cuántas personas podemos ir y con cuántas debemos hacerlo, especialmente por cuestiones de protocolos y seguridad.
Pero, principalmente, necesitamos combinar un destino que tenga ese atractivo fuerte con una infraestructura turística adecuada para poder operarlo.
En turismo aventura, la seguridad parece formar parte del producto mucho más que en otros viajes. ¿Qué estructura existe detrás que el pasajero normalmente no ve?
Nosotros, por ejemplo, hacemos todas las actividades con guías locales certificados específicamente para aquello que vamos a realizar.
En Chile existen certificaciones para trekking de montaña, kayak, rafting y otras actividades. Por eso buscamos siempre trabajar con un guía certificado para la disciplina correspondiente.

Y esa preparación, por supuesto, tiene que incluir certificaciones de primeros auxilios en zonas remotas y una serie de competencias adicionales. Hay toda una estructura detrás de la experiencia que el pasajero quizás no percibe, pero que es fundamental para poder operar.
¿La responsabilidad operativa también es mayor que en un viaje tradicional? ¿Cómo se determina si un pasajero está preparado para una experiencia?
Cuando uno entra a hacer turismo en zonas protegidas o de difícil acceso tiene que saber que no puede llevar a un pasajero que no esté preparado.
Nosotros somos muy insistentes a la hora de explicar que se trata de viajes con determinado nivel de dificultad —media, media-alta o alta— y necesitamos entender si la persona realmente está en condiciones de realizar esa actividad.
Por ejemplo, no recomendaríamos hacer el Circuito W de Torres del Paine a una persona sedentaria que nunca hizo trekking.
No todo es vender. Es mucho más importante cuidar la experiencia y, sobre todo, la seguridad.

¿Hay destinos o actividades que pueden resultar muy atractivos comercialmente pero que deciden no ofrecer porque el riesgo, la logística o la falta de infraestructura no permiten operarlos con tranquilidad?
Sí. Lamentablemente, muchas veces tenemos que dejar actividades e incluso destinos fuera porque no cuentan con una infraestructura adecuada para desarrollar la experiencia de manera segura.
Una persona quizás puede decidir hacerlo por su cuenta y asumir sus propios riesgos. Pero cuando uno se lo ofrece comercialmente a un tercero, la situación es distinta. La responsabilidad cambia.
Si tuvieras que señalar hoy los destinos más interesantes de Sudamérica para este segmento, ¿cuáles elegirías? ¿Y qué lugares ves con enorme potencial pero todavía con poca presencia en el mercado internacional?
Para mí, sin dudas, Chile es el número uno en turismo aventura en Sudamérica por la combinación de una geografía increíble, personal capacitado, infraestructura y un organismo gubernamental que certifica y fiscaliza.
Después, Argentina, Colombia y Perú tienen muchísimo potencial. Todos nos vemos beneficiados por la Cordillera de los Andes.
Y Centroamérica también está haciendo cosas muy interesantes.
Dentro del concepto de aventura, ¿qué productos están mostrando mayor crecimiento? ¿Trekking, expediciones, bicicleta, travesías 4×4, kayak, montaña, naturaleza, combinación de actividades?
Creo que el trekking es y seguirá siendo uno de los productos con mayor crecimiento, principalmente porque es el más sencillo para iniciarse y practicar.
Las personas están saliendo cada día más y el trekking, con las particularidades de cada lugar y temporada, tiene una enorme variedad de posibilidades en prácticamente todos los destinos.
Después hay muchísimas otras ramas que están creciendo de manera constante: kayak, rafting, buceo, escalada y muchas más.

¿El viajero de aventura está dispuesto a resignar confort o eso también cambió? ¿Existe una demanda creciente por combinar experiencias intensas durante el día con buenos alojamientos, gastronomía o servicios de mayor categoría?
Sí, totalmente. Generalmente los destinos empiezan a crecer de la mano de los viajeros de naturaleza y después comienza a desarrollarse la infraestructura hotelera.
Por eso, cuando uno llega a determinados destinos nuevos, todavía tiene que resignar cierta comodidad. Pero eso también forma parte de la experiencia.
Al mismo tiempo, a medida que el destino madura aparecen mejores alojamientos y servicios, y eso permite incorporar a nuevos perfiles de viajeros.
Tenés una mirada que combina una agencia tradicional con una operación especializada en viajes grupales de aventura. ¿Qué te enseñó este segmento sobre hacia dónde está evolucionando el negocio de los viajes organizados?
Sí, claro. Como decía antes, muchas veces un destino empieza con el aventurero que llega a acampar. Después empiezan a desarrollarse las actividades outdoor en los ríos o en la montaña; con eso aparece infraestructura y, finalmente, comienza a llegar un turismo más convencional.
Torres del Paine es un buen ejemplo. Hace 35 años iban apenas un puñado de “locos” a escalar y caminar. Hoy es un destino turístico clásico y de nivel mundial.
Ese recorrido muestra algo interesante: muchas veces el turismo aventura funciona como punta de lanza. Es el que se anima primero a entrar en un territorio, genera demanda, impulsa servicios y termina abriendo la puerta para que después llegue una industria turística mucho más amplia.











