La Riviera Maya comenzó septiembre con una fuerte caída de la ocupación hotelera. Durante los primeros días del mes, apenas entre 36% y 38% de sus habitaciones estuvieron ocupadas, según datos atribuidos al Consejo de Promoción Turística de Quintana Roo.
El registro fue de 36,04% el martes 1 de septiembre, 36,32% el miércoles 2 y 37,95% el jueves 3. Aunque se trata de información preliminar correspondiente a solo tres jornadas, el resultado encendió las alarmas en uno de los corredores turísticos más importantes de México.
La comparación interanual permite dimensionar la caída. En septiembre de 2025, la Riviera Maya había registrado una ocupación mensual de 51,1%, de acuerdo con estadísticas oficiales de la Secretaría de Turismo de Quintana Roo. Representantes locales sostienen que cifras cercanas al 36% no se observaban desde el período de la pandemia.
El impacto adquiere mayor relevancia por el tamaño de la oferta: la región dispone de aproximadamente 59.036 habitaciones. Con semejante inventario, cada punto perdido de ocupación representa miles de cuartos vacíos y afecta directamente a hoteles, restaurantes, excursiones, transportistas y trabajadores turísticos.
Andrea Lotito, vicepresidente de la Asociación de Hoteles de la Riviera Maya, vinculó la situación con una reducción de las operaciones en el aeropuerto de Cancún y con el precio de los pasajes nacionales e internacionales. Según el dirigente, las tarifas aéreas están generando incertidumbre y retrasando decisiones de compra.
El dato también llega después de una temporada de verano que habría terminado por debajo de las expectativas del sector. Frente a este escenario, hoteles y prestadores comenzaron a reforzar promociones para estimular las reservas de último momento.
La disminución del sargazo en las playas aparece como un elemento favorable para las próximas semanas, aunque difícilmente sea suficiente por sí solo para revertir la situación. La expectativa está puesta ahora en las celebraciones de septiembre, el Día de Muertos y, especialmente, en la temporada alta de invierno.
La caída expone un desafío que trasciende a los hoteles: un destino puede tener playas en mejores condiciones y una enorme capacidad de alojamiento, pero seguirá encontrando dificultades si llegar resulta demasiado caro o si disminuye su conectividad aérea.











