Japón acaba de convertirse en el país mejor preparado del mundo para desarrollar turismo. El dato, sin embargo, dice mucho más que quién ocupa el primer puesto: muestra por qué tener playas, montañas, cultura o millones de visitantes ya no alcanza para ser una potencia turística. Y deja una pregunta inevitable para nuestra región: ¿qué país latinoamericano podría aspirar algún día a meterse entre los diez primeros?
Cada dos años, el Foro Económico Mundial pone bajo la lupa a buena parte de las principales economías turísticas del planeta. Pero no lo hace contando simplemente cuántos turistas llegan a cada país.
El Travel & Tourism Development Index 2026 (TTDI) analiza las condiciones que permiten desarrollar una actividad turística competitiva, sostenible y resiliente. En su última edición evalúa 110 economías a partir de 17 pilares y 102 indicadores, que abarcan desde infraestructura aérea y terrestre hasta seguridad, conectividad digital, recursos naturales y culturales, capital humano, ambiente de negocios y sostenibilidad.
Y este año hay un nuevo número uno: Japón.
El país asiático avanzó dos lugares y desplazó a Estados Unidos, que quedó segundo. El Top 10 quedó integrado por Japón, Estados Unidos, España, Australia, Francia, Alemania, Reino Unido, China, Suiza e Italia. Curiosamente, son los mismos diez países que encabezaban la edición anterior, aunque cambiaron sus posiciones.

La primera lectura podría ser que Japón simplemente se volvió más atractivo para los turistas. Pero el verdadero mensaje del ranking es bastante más profundo.
El turismo ya no se mide solamente en llegadas
Durante décadas, buena parte del éxito turístico de un país se comunicó con una cifra: cuántos turistas internacionales llegaron.
Más turistas equivalían a mejores resultados.
El TTDI plantea una discusión diferente.
No mide directamente llegadas, gasto turístico o ingresos. Intenta responder otra pregunta: ¿qué tan preparado está un país para recibir turismo, desarrollarlo y sostenerlo en el tiempo?

Y ahí aparece una diferencia enorme.
Un destino puede recibir millones de visitantes gracias a una playa extraordinaria, una moneda competitiva o una atracción mundialmente famosa. Pero eso no significa necesariamente que tenga buenos aeropuertos, transporte interno eficiente, trabajadores capacitados, estabilidad regulatoria, infraestructura digital, servicios turísticos suficientes o capacidad para proteger aquello que justamente atrae a los viajeros.
Es probablemente una de las discusiones más importantes que debería tener hoy nuestra industria.
Una cosa es tener turistas. Otra muy diferente es tener desarrollo turístico.
Japón representa bastante bien esa diferencia. Su ascenso al primer puesto no responde solamente a Tokio, Kioto, el monte Fuji o la gastronomía japonesa. El propio Foro Económico Mundial destaca cómo el país consiguió combinar recursos turísticos con infraestructura, conectividad y una estrategia destinada también a distribuir viajeros fuera de los grandes polos tradicionales.
El nuevo problema del turismo es administrar el éxito
Hay además un dato revelador: el turismo mundial ya dejó atrás la discusión sobre la recuperación posterior a la pandemia.
En 2025 se registraron alrededor de 1.500 millones de llegadas internacionales, un 5% más que en 2024 y por encima incluso de los niveles de 2019. La contribución económica total del sector alcanzó aproximadamente US$ 11,6 billones.
El desafío ahora es otro.
El propio Foro lo resume con una idea especialmente interesante: el problema ya no es simplemente crecer, sino administrar ese crecimiento.
Más turistas también significan presión sobre viviendas, transporte, espacios naturales, servicios públicos y comunidades residentes. Al mismo tiempo, suben los costos operativos y aparecen problemas de disponibilidad de trabajadores e infraestructura.
Por eso resulta significativo que entre 2024 y 2026 haya mejorado el puntaje del 92% de las economías analizadas, pero que la competitividad de precios haya empeorado en tres cuartas partes de ellas.
Estamos entrando en una etapa en la que atraer turistas puede ser relativamente sencillo para un destino consolidado.
Lo difícil es recibirlos bien, distribuirlos, lograr que gasten en la economía local y evitar que su presencia deteriore aquello que vinieron a conocer.
¿Y Latinoamérica?
Aquí aparece probablemente la parte más interesante del informe para nuestra región.
Latinoamérica tiene prácticamente todos los ingredientes que normalmente asociamos con una potencia turística.
Amazonas. Patagonia. Caribe. Andes. Atacama. Machu Picchu. Iguazú. Galápagos. Pantanal. Ciudades como Buenos Aires, Río de Janeiro, Ciudad de México, Cartagena o Lima. Algunas de las gastronomías más reconocidas del mundo y una enorme diversidad cultural y natural.
Sin embargo, ningún país latinoamericano aparece siquiera cerca del Top 10.

Brasil es actualmente el mejor posicionado de América Latina en el TTDI 2026, en el puesto 32, seguido de cerca por Chile, en el 35.
Y esto permite hacer una lectura bastante clara.
El problema de Latinoamérica nunca fue la falta de recursos turísticos.
De hecho, el Foro destaca a Brasil y México entre las grandes economías turísticas emergentes con extraordinarios recursos naturales y culturales. Brasil, China, India y México concentran conjuntamente más del 17% de los sitios naturales Patrimonio Mundial de UNESCO entre las economías analizadas.
El problema está alrededor de esos recursos.
Brasil es hoy el candidato regional más evidente
Si tuviéramos que preguntarnos qué país latinoamericano posee hoy la plataforma más cercana para intentar acercarse en algún momento a los principales mercados del ranking, Brasil aparece como el caso más lógico para analizar, simplemente porque ya es el país latinoamericano mejor clasificado.
Tiene además algo que pocos destinos del mundo pueden combinar a esa escala: territorio, naturaleza, playas, grandes ciudades, cultura, gastronomía, biodiversidad, turismo de negocios y un enorme mercado interno.
Pero estar en el puesto 32 y llegar al Top 10 son dos mundos diferentes.
Y ahí aparece la principal enseñanza del índice.
Brasil —y en buena medida toda Latinoamérica— no necesita descubrir nuevos atractivos. Necesita construir mejor el sistema que rodea a esos atractivos.
El Foro identifica precisamente varias de las brechas que separan a las grandes economías turísticas emergentes de los veinte países mejor posicionados.

La mayor está en servicios e infraestructura turística.
A eso se suman diferencias en ambiente de negocios, capacitación y mercado laboral, infraestructura de transporte y sostenibilidad ambiental.
Es decir: no alcanza con tener el Pantanal si llegar es difícil. No alcanza con tener algunas de las mejores playas del planeta si la conectividad aérea es limitada. No alcanza con tener patrimonio cultural si faltan servicios, transporte, información o infraestructura alrededor de él.
Y tampoco alcanza con promocionar destinos internacionalmente si después la experiencia real del viajero encuentra obstáculos.
Cinco cosas que Latinoamérica debería mejorar
El camino hacia los puestos superiores probablemente tendría que pasar por cinco grandes transformaciones.
Primero, conectividad. Más conexiones aéreas internacionales, pero también mejores conexiones domésticas y regionales. Uno de los grandes diferenciales de las potencias turísticas es que permiten moverse fácilmente dentro del país.
Segundo, infraestructura terrestre. Carreteras, trenes, transporte público y conexiones entre aeropuertos y destinos turísticos siguen siendo una deuda importante en buena parte de la región.
Tercero, seguridad y previsibilidad. El turismo necesita destinos donde viajeros e inversores puedan operar con un grado razonable de previsibilidad.

Cuarto, profesionalización. La hotelería, la gastronomía, las agencias, los operadores y los destinos necesitan cada vez más trabajadores preparados para un sector atravesado por tecnología, datos, inteligencia artificial y nuevas formas de comercialización.
Y quinto, gestión sostenible. Porque precisamente los activos que hacen extraordinaria a Latinoamérica —selvas, glaciares, playas, fauna, parques nacionales— son también algunos de los más vulnerables.
El TTDI incorpora todas estas variables dentro de una estructura que incluye ambiente de negocios, seguridad, salud, recursos humanos, preparación digital, políticas turísticas, conectividad, infraestructura, recursos naturales y culturales y sostenibilidad.
Quizás estamos haciendo la pregunta equivocada
Durante años nos preguntamos cómo conseguir más turistas. Quizás la pregunta que plantea este ranking es otra:
¿qué tenemos que hacer para convertirnos en mejores destinos?
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la estrategia.
Porque conseguir un récord de visitantes puede depender de una campaña exitosa, una nueva ruta aérea, un tipo de cambio favorable o incluso una tendencia viral.
Construir un destino turístico competitivo requiere décadas.
Requiere aeropuertos, transporte, formación, seguridad, inversión privada, planificación pública, conservación, tecnología y, sobre todo, políticas que sobrevivan a los cambios de gobierno.
Ese posiblemente sea el gran aprendizaje que deja Japón en lo más alto del ranking.
Los grandes destinos del futuro no serán necesariamente aquellos que logren atraer la mayor cantidad posible de personas.
Serán aquellos capaces de transformar el turismo en desarrollo sin destruir, saturar o deteriorar aquello que hizo que los viajeros quisieran visitarlos en primer lugar.
Y en ese terreno Latinoamérica tiene una paradoja enorme: probablemente posee algunos de los mejores motivos del mundo para viajar, pero todavía tiene mucho trabajo por hacer para construir el ecosistema que permita aprovecharlos.








